Nuestro Fundador, Padre Santiago Alberione, nos dice “tienen que estimar y poseer la ciencia litúrgica, que es en la Iglesia como el libro del Espíritu Santo. La Liturgia “nos presenta verdades a conocer; virtudes a practicar, gracias a impetrar” (APD 1946-1947. Nº 146).
A través del Año Litúrgico, vivimos cíclicamente los misterios de la vida del Jesús histórico y del Cristo en la fe. Se nos muestra año tras año la presencia viva del Jesús que fue de Galilea a Jerusalén haciendo el bien, enseñando con autoridad y proclamando el año de gracia del Señor. El Año Litúrgico nos enseña qué y cómo debemos vivir nosotros.
La proclamación continua de la Escritura, la centralidad de los evangelios como fundamento de toda liturgia y reflexión constante sobre esas lecturas en las homilías año tras año hacen dos cosas, una de ellas comunitaria, la otra personal:
-
El año litúrgico nos recuerda como Iglesia la clase de comunidad que estamos destinados a formar.
-
En segundo lugar, el año litúrgico implanta en cada uno de nosotros individualmente la repetición de esos momentos que constituyen la esencia de la fe.
Es Jesús con nosotros, para nosotros y en nosotros cuando nos esforzamos por hacer de Su vida la nuestra. Es el objetivo y la orientación al tipo de espiritualidad personal que es digna del Jesús cuyo compromiso con la Palabra de Dios lo llevó a la cruz y, más allá de ella, a la Resurrección.
A través del año litúrgico logramos entrar en el proceso de Cristificación, tan querido por nuestro Fundador, para llegar a decir como San Pablo “y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20).
Sor Lorena Perata
.
|